Ahora resulta que sólo caminar solo por una calle solitaria ya es motivo suficiente para que lo asalten a uno, dos de esos tipos que se dedican a asaltar. Asaltantes creo que les llaman. Y digo les llaman porque yo no los llamé la noche de ese día en que me quisieron asaltar.
El caso fue que yo venía caminando así, despreocupadamente, como lo hace un hombre siempre que se siente seguro de que a él nunca va pasarle nada, cuando todo ocurrió. De pronto me vi cara a cara ante ese par de malencarados criminales. Fornidos, tanto o más que yo, y si acaso un poco menos altos, todos unos gladiadores, invencibles.
El simple cálculo de la primera impresión, esa que jamás se olvida, me hizo caer en la cuenta de que lo último que debía hacer era luchar contra ese par que poseía en plural mis singulares cualidades físicas. Es por ello que decidí no enfrentarlos cuando me percate de que estaban frente.a mí.
Hombre de reflejos rápidos, siempre alerta, cual diablero de la Central de Abastos, di media vuelta y huí de mis agresores para que no me agredieran.
Igual que un Forrest Gump, corrí sin detenerme, tan rápido que parecía Madrazo en la Maratón de Berlín, mas quien lo iba decir, que sería precisamente el primer madrazo por parte de mis nada lentos secuaces, lo que marcaría el último paso de mi espectacular carrera.
La nueva y cada vez más crítica situación ameritaba otra estrategia. La primer idea que me vino a la mente, dado sus exitosos resultados, fue oponer resistencia al asalto, pero eso sí, una resistencia civil y pacífica. Así que me planté en pleno carril de Metrobús y empecé a exigirles a las autoridades, a grito abierto como un Noroña cualquiera, que cumplieran con su deber de brindarnos seguridad.
Y me hubiese mantenido en pie de lucha hasta ver cumplidas mis demandas, de no ser porque me di cuenta de que ese par de bestias ya no me seguía, pues ya me había alcanzado, y estaban haciendo uso de su fuerza en público, y golpeándome cual granaderos.
Yo intente conservar la calma y no caer en sus provocaciones. Resistí los golpes, las injurias: me llamaron mariquita, me dijeron chaparro, me gritaron mandilón, pero fue cuando metieron con mi ipod cuando afloró ese yo violento que todos llevamos dentro como un Hulk. Estoy seguro que hasta el Peje entendería mi reacción.
Fue entonces cuando rompí mi cerco al carril del Metrobús que además, curiosamente en esa precisa ocasión (huele a compló), ya se había tardado un montón de tiempo en pasar.
Era el momento de poner en práctica todo lo aprendido de las peleas de Kahwagi. Emplee casi todas mis técnicas avanzadas de combate estilo oriental, de la Agrícola Oriental: primero inmovilicé el pie a uno de mis contrincantes con un costillazo en pleno empeine; mientras desarmaba al otro atrapando su navaja entre mi piel. Al ver a su compañero sin su arma, el primer agresor sacó otra navaja que inmediatamente alejé de un frentazo.
Ahora sí, estábamos en igualdad de condiciones (como un México vs Trinidad y Tobago), ahora sí, podíamos tener una lucha de poder a poder. Ni tardo ni perezoso, tomé la iniciativa ante su desconcierto por el desarme, y me le lanzé a uno con un ombligazo en el puño derecho; mientras al otro le repetí el castigo de los costillazos en el pie.
Desde el suelo y retorciéndome como todo un breakdancer entre sus pies, empezaba a darles su merecido a este par de rufianes, cuando después de un ojazo que seguro le deshizo los nudillos al primer asaltantes, la ira me cegó y usé mi ipod como arma blanca con la que golpeé fuertemente la palma de la mano del segundo ladrón.
Ahí fue cuando el terror los invadió y emprendieron la huída, con todo y ipod claro, no podían correr el riesgo de que los volviera a agredir con tan letal arma.
Yo me incorporé de inmediato para ir tras ellos, no sin antes recoger los papeles que había dejado regaos en el suelo (es justamente en los momentos de crisis cuando no debemos olvidarnos de cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas).
Les di alcance arriba de un micro y ¡oh sorpresa!, que me lleve al intentar abordarlo. Por la ventana escuché sus voces que cínicamente soltaban a los pasajeros el típico rollo de que prefieren andar pidiendo una moneda que no afecte su economía antes que andar robando.
La furia me cegó nuevamente y antes de pensar si quiera en pagar mi pasaje, me le fui encima al asaltante que tenía más a mi alcance con un devastador narizazo en plena planta del pie. Fue tal la fuerza que emplee que perdí un poco el equilibrio.
Para cuando reaccioné, el dúo de rateros se había convertido en un dueto de prófugos, llevándose de botín y como lección de que debo aprender a controlar mi ira, el ipod que tuve a mal usar como arma blanca; además de las dádivas de los pasajeros del microbús que cayeron nuevamente ante el mismo lastimero discurso, con tintes de amenaza, de siempre.
El consuelo que me queda es que no se fueron limpios, pues además de las mentadas de madre y demás improperios que les lancé como una Carmelita Salinas cualquiera, todavía alcancé a mancharlos con un poco de mi sangre.
Punto final
Hace 14 años