lunes, 23 de marzo de 2009

La mafia nos robó el ipod

Ahora resulta que sólo caminar solo por una calle solitaria ya es motivo suficiente para que lo asalten a uno, dos de esos tipos que se dedican a asaltar. Asaltantes creo que les llaman. Y digo les llaman porque yo no los llamé la noche de ese día en que me quisieron asaltar.
El caso fue que yo venía caminando así, despreocupadamente, como lo hace un hombre siempre que se siente seguro de que a él nunca va pasarle nada, cuando todo ocurrió. De pronto me vi cara a cara ante ese par de malencarados criminales. Fornidos, tanto o más que yo, y si acaso un poco menos altos, todos unos gladiadores, invencibles.
El simple cálculo de la primera impresión, esa que jamás se olvida, me hizo caer en la cuenta de que lo último que debía hacer era luchar contra ese par que poseía en plural mis singulares cualidades físicas. Es por ello que decidí no enfrentarlos cuando me percate de que estaban frente.a mí.
Hombre de reflejos rápidos, siempre alerta, cual diablero de la Central de Abastos, di media vuelta y huí de mis agresores para que no me agredieran.
Igual que un Forrest Gump, corrí sin detenerme, tan rápido que parecía Madrazo en la Maratón de Berlín, mas quien lo iba decir, que sería precisamente el primer madrazo por parte de mis nada lentos secuaces, lo que marcaría el último paso de mi espectacular carrera.
La nueva y cada vez más crítica situación ameritaba otra estrategia. La primer idea que me vino a la mente, dado sus exitosos resultados, fue oponer resistencia al asalto, pero eso sí, una resistencia civil y pacífica. Así que me planté en pleno carril de Metrobús y empecé a exigirles a las autoridades, a grito abierto como un Noroña cualquiera, que cumplieran con su deber de brindarnos seguridad.
Y me hubiese mantenido en pie de lucha hasta ver cumplidas mis demandas, de no ser porque me di cuenta de que ese par de bestias ya no me seguía, pues ya me había alcanzado, y estaban haciendo uso de su fuerza en público, y golpeándome cual granaderos.
Yo intente conservar la calma y no caer en sus provocaciones. Resistí los golpes, las injurias: me llamaron mariquita, me dijeron chaparro, me gritaron mandilón, pero fue cuando metieron con mi ipod cuando afloró ese yo violento que todos llevamos dentro como un Hulk. Estoy seguro que hasta el Peje entendería mi reacción.
Fue entonces cuando rompí mi cerco al carril del Metrobús que además, curiosamente en esa precisa ocasión (huele a compló), ya se había tardado un montón de tiempo en pasar.
Era el momento de poner en práctica todo lo aprendido de las peleas de Kahwagi. Emplee casi todas mis técnicas avanzadas de combate estilo oriental, de la Agrícola Oriental: primero inmovilicé el pie a uno de mis contrincantes con un costillazo en pleno empeine; mientras desarmaba al otro atrapando su navaja entre mi piel. Al ver a su compañero sin su arma, el primer agresor sacó otra navaja que inmediatamente alejé de un frentazo.
Ahora sí, estábamos en igualdad de condiciones (como un México vs Trinidad y Tobago), ahora sí, podíamos tener una lucha de poder a poder. Ni tardo ni perezoso, tomé la iniciativa ante su desconcierto por el desarme, y me le lanzé a uno con un ombligazo en el puño derecho; mientras al otro le repetí el castigo de los costillazos en el pie.
Desde el suelo y retorciéndome como todo un breakdancer entre sus pies, empezaba a darles su merecido a este par de rufianes, cuando después de un ojazo que seguro le deshizo los nudillos al primer asaltantes, la ira me cegó y usé mi ipod como arma blanca con la que golpeé fuertemente la palma de la mano del segundo ladrón.
Ahí fue cuando el terror los invadió y emprendieron la huída, con todo y ipod claro, no podían correr el riesgo de que los volviera a agredir con tan letal arma.
Yo me incorporé de inmediato para ir tras ellos, no sin antes recoger los papeles que había dejado regaos en el suelo (es justamente en los momentos de crisis cuando no debemos olvidarnos de cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas).
Les di alcance arriba de un micro y ¡oh sorpresa!, que me lleve al intentar abordarlo. Por la ventana escuché sus voces que cínicamente soltaban a los pasajeros el típico rollo de que prefieren andar pidiendo una moneda que no afecte su economía antes que andar robando.
La furia me cegó nuevamente y antes de pensar si quiera en pagar mi pasaje, me le fui encima al asaltante que tenía más a mi alcance con un devastador narizazo en plena planta del pie. Fue tal la fuerza que emplee que perdí un poco el equilibrio.
Para cuando reaccioné, el dúo de rateros se había convertido en un dueto de prófugos, llevándose de botín y como lección de que debo aprender a controlar mi ira, el ipod que tuve a mal usar como arma blanca; además de las dádivas de los pasajeros del microbús que cayeron nuevamente ante el mismo lastimero discurso, con tintes de amenaza, de siempre.
El consuelo que me queda es que no se fueron limpios, pues además de las mentadas de madre y demás improperios que les lancé como una Carmelita Salinas cualquiera, todavía alcancé a mancharlos con un poco de mi sangre.

jueves, 19 de febrero de 2009

Entre medio vacío y medio lleno el irónico concierto de Alanis


Eran las 20:30 horas y el Auditorio lucía medio vacío. No parecía que los 15 de rigor cumplieran esta vez su cometido y entregaran a Alanis, a las 20:45, el grito eufórico de un foro medio lleno o pletórico si se prefiere ignorar al desértico segundo piso.
Sobre el escenario, igualmente medio vacío, cinco músicos iniciaban la velada con los acordes de “Uninvited” cuando sabrá Dios de que recónditas profundidades, como un trueno, la voz de la canadiense se dejó escuchar, para luego acompañarse con la relampagueante presencia de una mujer de blusa azul eléctrico y leggins negros que colmó el espacio.
A partir de entonces, el tipo de ojos medio cerrados del asiento contiguo llenó de Alanis sus binoculares durante hora y media. Ni aplausos, ni teléfonos celulares, ni un cosquilleo en la nariz o en la cabeza lograron separar sus manos del aparato que extendía su visión.
Desde la segunda fila del primer piso, el par de cilindros negros iban, venían, derecha, izquierda, ligeramente y modestia aparte, anunciando el lujo de la tercera dimensión, el zoom permanente a cada giro, a cada salto de la intérprete de "You Oughta Know", sin echar de menos la pantalla gigante que no apareció.
“Not as we”, “Perfect", "Not the Doctor", y algunas novedades como "Versions of Violence". Una armónica, una guitarra y una potente voz fueron llenando el vacío que una ausencia de 10 años dejó.
El cabalístico 13 de un set list de 18, medio corto para una cantautora que volvía llena de éxitos, dio tregua al oscilatorio temblor de codos del caballero en cuestión, cuando la versión acústica de “Head in my pocket” llevó a la poseedora de 7 Gramys a tomar un lugar al centro del escenario.
Nick Lashley, guitarra de la banda, último en ser presentado marcó el preámbulo del primer adiós.
La comunión entre artista y público era tan evidente como la que había entre el hombre de los ojos medio cerrados y su aparato visor, mas llegó el momento de la separación.
La oscuridad auspició un muy breve silencio e irónicamente delató por un momento los ojos del observador.
“Gracias, esta canción es para ustedes”, dijo Alanis cuando empezaba a sonar “Learn”, y los gemelos volvieron a su posición. “Ironic” y “Thank you” cerraron el primer y único encore.
Por unos segundos, la luz terminó llenando de córneas los desprotegidos párpados del hombre de ojos medio cerrados, mientras los binoculares sufrían de acluofobia dentro de la mochila negra de su poseedor.

lunes, 9 de febrero de 2009

El rostro arrugado del rock


Esa noche, la penúltima del sexto febrero del naciente siglo XXI, bajo un cielo hipócritamente estrellado por la pirotecnia, me convencí: Mick Jagger tenía razón, "los rebeldes somos eternos". Lástima de rebeldía, que estaba más muerta que mi ilusión de ver a los Rolling.
Tardé 23 años y 20 rolas para llegar a esto, pero era cierto. La evidencia se postraba "guadalupanamente", frente a los ojos de 65 mil fieles rockanroleros, en el mismo sitio donde, siete años atrás, Juan Pablo II tuvo uno de sus últimos encuentros con el pueblo azteca: El Foro Sol.
Agazapado en la cima de un árbol, que pese a su ancho tronco, poco podía presumir de longevo frente a estos cuatro exponentes del Darwinismo: Watts, Wood, Richards y Jagger, no tuve más opción que resignarme a vivir el presente, sobre la raíz de mi pasado.
Las imágenes proyectadas por la descomunal pantalla de tantos por tantos se me aparecían como un serial de negativos de Aceves, mientras que el estruendoso guitarreo de Richards acompañando a la gutural voz de Jagger se perdía entre los alaridos de los fans, reduciéndolo todo al ténue susurro que acompaña mi fastido en las largas filas de un banco.
No, el rock no tiene nada de democrático. Jamás será lo mismo el imaginario colectivo de los desposeídos, que andamos literalmente por las ramas a los alrededores del coloso de la Magdalena Mixihuca, contra el lujo y el confort del público VIP, que se encuentra dentro, a unas cuantas arrugas de distancia de los rostros de estos músicos sexagenarios, que por el doble del ya de por sí exuberante precio de los boletos más caros, se adjudicaron un área reservada de estacionamiento, servicio especial de meseros, la camiseta y memorabilia oficial de la banda británica.
Como sea, sus satánicas majestades estaban en escena, burlándose de ser los únicos capaces de sacarle la vuelta al mismo Diablo, con las eufemísticas letras de sus canciones, entonadas a todo lo que da el tanque de oxígeno de Jagger, en lo que no sé si será la vencida, pero si sé que estaba siendo la tercera visita de los Stones a este País; que en materia de espectáculos musicales, parece estarse convirtiendo en el asilo preferido de los rebeldes de la tercera edad: Creedence, Clapton, Micky Ramone, Paul Mc Cartney...
El tradicional tianguis que asalta las banquetas aledañas al recinto espera, en relativa calma, luego de la inesperada invasión de los AFIS, quienes a la usansa de los viejos conquistadores, arrasaron con cantidad de materiales apócrifos, vestigios fósiles de la banda.
Las piezas que se salvaron, se exhiben sin verguenza de su dudoso origen, emanando un brillo fatuo entre las sombras de unos 500 anticuarios rockanroleros, que como a mí, no nos queda más que conformarnos con una visita a esa especie de museo ambulante, mientras estamos atentos a pescar las ondas sonoras que del foro salen, como hace un niño persiguiendo un hilo de algodón de azúcar, que ha roba el aire al algodonero.
Claro que en comparación con ellos, los que están a ras de suelo, yo estoy en un palco de honor, con la ventaja panorámica de las alturas, con la impresionante ilusión óptica de un todo que mucho abarca, pero poco acerca.
Desde aquí puedo ver cómo se han escarapelado esos viejos cueros negros; cómo se han encanecido y recortado esas antes largas y oscuras cabelleras, cual la noche de un concierto; cómo han perdido su brillo los estoperoles, y cómo los agujeros en las orejas se han ido cerrando hasta denegar el paso a los pendientes.
Estamos en tiempos en los que el sexo libre se redujo al patrocinio de una empresa que fabrica medicamentos contra la disfunsión erectil; las drogas más adictivas se empaquetan en plastiquitos de no más de 5 centímetros, con los que puedes comprar tu boleto, zona oro, por sólo 30 dólares, algo así como 60 o 65 salarios mínimos, y terminar de pagarlos durante las próximas 3 giras; y el rock and roll, último elemento de esta trada libertaria, sigue siendo el mismo pinche, pero a la vez chido ruido que armonizó la época dorada de los 60s' y cuyo eco sigue haciendo las veces del soundtrack de las vidas del casi 40 por ciento de los nostálgicos que esta noche están teniendo su encuentro con el pasado.
Finalmente, "es sólo rock and roll", pero gustó... y gusta tanto que el 60 por ciento restante de los asistentes al mismo show (según cálculos de los que les gusta contar cualquier cosa), los jóvenes de las nuevas generaciones, deben estar pensando que presencian un encuentro con una banda que tiene mucho que dar todavía, en una clara apuesta por la perpetuidad del legado de los británicos.
Después de todo, no toda la rebeldía de hoy tiene que estar liderada por el sexteto de niños bien que nos ha endilgado la radio, la televisión y el Internet. Y es que todos los ídolos son de barro, pero no todos se quiebran.
El concierto acabó y ahora, ¿cómo diablos me bajo de este árbol?