
Esa noche, la penúltima del sexto febrero del naciente siglo XXI, bajo un cielo hipócritamente estrellado por la pirotecnia, me convencí: Mick Jagger tenía razón, "los rebeldes somos eternos". Lástima de rebeldía, que estaba más muerta que mi ilusión de ver a los Rolling.
Tardé 23 años y 20 rolas para llegar a esto, pero era cierto. La evidencia se postraba "guadalupanamente", frente a los ojos de 65 mil fieles rockanroleros, en el mismo sitio donde, siete años atrás, Juan Pablo II tuvo uno de sus últimos encuentros con el pueblo azteca: El Foro Sol.
Agazapado en la cima de un árbol, que pese a su ancho tronco, poco podía presumir de longevo frente a estos cuatro exponentes del Darwinismo: Watts, Wood, Richards y Jagger, no tuve más opción que resignarme a vivir el presente, sobre la raíz de mi pasado.
Las imágenes proyectadas por la descomunal pantalla de tantos por tantos se me aparecían como un serial de negativos de Aceves, mientras que el estruendoso guitarreo de Richards acompañando a la gutural voz de Jagger se perdía entre los alaridos de los fans, reduciéndolo todo al ténue susurro que acompaña mi fastido en las largas filas de un banco.
No, el rock no tiene nada de democrático. Jamás será lo mismo el imaginario colectivo de los desposeídos, que andamos literalmente por las ramas a los alrededores del coloso de la Magdalena Mixihuca, contra el lujo y el confort del público VIP, que se encuentra dentro, a unas cuantas arrugas de distancia de los rostros de estos músicos sexagenarios, que por el doble del ya de por sí exuberante precio de los boletos más caros, se adjudicaron un área reservada de estacionamiento, servicio especial de meseros, la camiseta y memorabilia oficial de la banda británica.
Como sea, sus satánicas majestades estaban en escena, burlándose de ser los únicos capaces de sacarle la vuelta al mismo Diablo, con las eufemísticas letras de sus canciones, entonadas a todo lo que da el tanque de oxígeno de Jagger, en lo que no sé si será la vencida, pero si sé que estaba siendo la tercera visita de los Stones a este País; que en materia de espectáculos musicales, parece estarse convirtiendo en el asilo preferido de los rebeldes de la tercera edad: Creedence, Clapton, Micky Ramone, Paul Mc Cartney...
El tradicional tianguis que asalta las banquetas aledañas al recinto espera, en relativa calma, luego de la inesperada invasión de los AFIS, quienes a la usansa de los viejos conquistadores, arrasaron con cantidad de materiales apócrifos, vestigios fósiles de la banda.
Las piezas que se salvaron, se exhiben sin verguenza de su dudoso origen, emanando un brillo fatuo entre las sombras de unos 500 anticuarios rockanroleros, que como a mí, no nos queda más que conformarnos con una visita a esa especie de museo ambulante, mientras estamos atentos a pescar las ondas sonoras que del foro salen, como hace un niño persiguiendo un hilo de algodón de azúcar, que ha roba el aire al algodonero.
Claro que en comparación con ellos, los que están a ras de suelo, yo estoy en un palco de honor, con la ventaja panorámica de las alturas, con la impresionante ilusión óptica de un todo que mucho abarca, pero poco acerca.
Desde aquí puedo ver cómo se han escarapelado esos viejos cueros negros; cómo se han encanecido y recortado esas antes largas y oscuras cabelleras, cual la noche de un concierto; cómo han perdido su brillo los estoperoles, y cómo los agujeros en las orejas se han ido cerrando hasta denegar el paso a los pendientes.
Estamos en tiempos en los que el sexo libre se redujo al patrocinio de una empresa que fabrica medicamentos contra la disfunsión erectil; las drogas más adictivas se empaquetan en plastiquitos de no más de 5 centímetros, con los que puedes comprar tu boleto, zona oro, por sólo 30 dólares, algo así como 60 o 65 salarios mínimos, y terminar de pagarlos durante las próximas 3 giras; y el rock and roll, último elemento de esta trada libertaria, sigue siendo el mismo pinche, pero a la vez chido ruido que armonizó la época dorada de los 60s' y cuyo eco sigue haciendo las veces del soundtrack de las vidas del casi 40 por ciento de los nostálgicos que esta noche están teniendo su encuentro con el pasado.
Finalmente, "es sólo rock and roll", pero gustó... y gusta tanto que el 60 por ciento restante de los asistentes al mismo show (según cálculos de los que les gusta contar cualquier cosa), los jóvenes de las nuevas generaciones, deben estar pensando que presencian un encuentro con una banda que tiene mucho que dar todavía, en una clara apuesta por la perpetuidad del legado de los británicos.
Después de todo, no toda la rebeldía de hoy tiene que estar liderada por el sexteto de niños bien que nos ha endilgado la radio, la televisión y el Internet. Y es que todos los ídolos son de barro, pero no todos se quiebran.
El concierto acabó y ahora, ¿cómo diablos me bajo de este árbol?
Tardé 23 años y 20 rolas para llegar a esto, pero era cierto. La evidencia se postraba "guadalupanamente", frente a los ojos de 65 mil fieles rockanroleros, en el mismo sitio donde, siete años atrás, Juan Pablo II tuvo uno de sus últimos encuentros con el pueblo azteca: El Foro Sol.
Agazapado en la cima de un árbol, que pese a su ancho tronco, poco podía presumir de longevo frente a estos cuatro exponentes del Darwinismo: Watts, Wood, Richards y Jagger, no tuve más opción que resignarme a vivir el presente, sobre la raíz de mi pasado.
Las imágenes proyectadas por la descomunal pantalla de tantos por tantos se me aparecían como un serial de negativos de Aceves, mientras que el estruendoso guitarreo de Richards acompañando a la gutural voz de Jagger se perdía entre los alaridos de los fans, reduciéndolo todo al ténue susurro que acompaña mi fastido en las largas filas de un banco.
No, el rock no tiene nada de democrático. Jamás será lo mismo el imaginario colectivo de los desposeídos, que andamos literalmente por las ramas a los alrededores del coloso de la Magdalena Mixihuca, contra el lujo y el confort del público VIP, que se encuentra dentro, a unas cuantas arrugas de distancia de los rostros de estos músicos sexagenarios, que por el doble del ya de por sí exuberante precio de los boletos más caros, se adjudicaron un área reservada de estacionamiento, servicio especial de meseros, la camiseta y memorabilia oficial de la banda británica.
Como sea, sus satánicas majestades estaban en escena, burlándose de ser los únicos capaces de sacarle la vuelta al mismo Diablo, con las eufemísticas letras de sus canciones, entonadas a todo lo que da el tanque de oxígeno de Jagger, en lo que no sé si será la vencida, pero si sé que estaba siendo la tercera visita de los Stones a este País; que en materia de espectáculos musicales, parece estarse convirtiendo en el asilo preferido de los rebeldes de la tercera edad: Creedence, Clapton, Micky Ramone, Paul Mc Cartney...
El tradicional tianguis que asalta las banquetas aledañas al recinto espera, en relativa calma, luego de la inesperada invasión de los AFIS, quienes a la usansa de los viejos conquistadores, arrasaron con cantidad de materiales apócrifos, vestigios fósiles de la banda.
Las piezas que se salvaron, se exhiben sin verguenza de su dudoso origen, emanando un brillo fatuo entre las sombras de unos 500 anticuarios rockanroleros, que como a mí, no nos queda más que conformarnos con una visita a esa especie de museo ambulante, mientras estamos atentos a pescar las ondas sonoras que del foro salen, como hace un niño persiguiendo un hilo de algodón de azúcar, que ha roba el aire al algodonero.
Claro que en comparación con ellos, los que están a ras de suelo, yo estoy en un palco de honor, con la ventaja panorámica de las alturas, con la impresionante ilusión óptica de un todo que mucho abarca, pero poco acerca.
Desde aquí puedo ver cómo se han escarapelado esos viejos cueros negros; cómo se han encanecido y recortado esas antes largas y oscuras cabelleras, cual la noche de un concierto; cómo han perdido su brillo los estoperoles, y cómo los agujeros en las orejas se han ido cerrando hasta denegar el paso a los pendientes.
Estamos en tiempos en los que el sexo libre se redujo al patrocinio de una empresa que fabrica medicamentos contra la disfunsión erectil; las drogas más adictivas se empaquetan en plastiquitos de no más de 5 centímetros, con los que puedes comprar tu boleto, zona oro, por sólo 30 dólares, algo así como 60 o 65 salarios mínimos, y terminar de pagarlos durante las próximas 3 giras; y el rock and roll, último elemento de esta trada libertaria, sigue siendo el mismo pinche, pero a la vez chido ruido que armonizó la época dorada de los 60s' y cuyo eco sigue haciendo las veces del soundtrack de las vidas del casi 40 por ciento de los nostálgicos que esta noche están teniendo su encuentro con el pasado.
Finalmente, "es sólo rock and roll", pero gustó... y gusta tanto que el 60 por ciento restante de los asistentes al mismo show (según cálculos de los que les gusta contar cualquier cosa), los jóvenes de las nuevas generaciones, deben estar pensando que presencian un encuentro con una banda que tiene mucho que dar todavía, en una clara apuesta por la perpetuidad del legado de los británicos.
Después de todo, no toda la rebeldía de hoy tiene que estar liderada por el sexteto de niños bien que nos ha endilgado la radio, la televisión y el Internet. Y es que todos los ídolos son de barro, pero no todos se quiebran.
El concierto acabó y ahora, ¿cómo diablos me bajo de este árbol?
1 comentario:
Esta bueno este post. Aunque podrías escribir más seguido. :P
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